BUENA NARIZ
Con zarzas de dos metros, y después de tres horas de rastreo ,empezaba a sentirme impotente por no poder cobrar la pieza de la que estaba seguro había dado muerte. Tal era la certeza que insistí, una vez tras otra ,en retornar al lugar del disparo y reconstruir la escena, los sonidos posteriores , las sensaciones percibidas , escudriñando algún dato que me arrojase una pista.
Cerca de allí , veinte días antes, paseando con “Laika “ mi inseparable teckel , tropezamos con una espléndida boñiga de lo que entonces me pareció un , no menos espléndido, jabalí. Continuamos la trocha siguiendo el paso de aquel marrano. El terreno cerrado , hacia necesario ir agachado para poder continuar. Algunos metros por delante , salimos a un claro bordeado de árboles .Entre estos , un manantial surtía de humedad a un barrizal, paraíso de cochinos. Pude estudiar con detalle el resultado de la reciente presencia de quien venia siguiendo.

Volví tras mis pasos y tras tomar una fotografía del excremento, le recogí para medirlo y compararlo con algún otro . De nuevo en la baña , no dejaba de imaginarme – y mi perra tampoco- las andanzas del gran cochino en aquel humedal. Había restregones de barro en todos los árboles. Podía intuirse por donde entró, por donde salió y cuales fueros sus movimientos.

El terreno estaba muy blando, y las marcas dejadas por las pezuñas no permitían ver claramente la impresión de las huellas . Tampoco pude apreciarlo ni a la entrada ni a la salida. Tras ver pasar en mi cabeza las aventuras de este gran jabalí, alce la cabeza intentando localizar un buen apostadero. Conocidos los vientos predominantes no encontré un sitio especialmente bueno. Una pared de piedra , sujetaba un talud a casi tres metros de altura. Desde arriba, mi silueta no destacaría demasiado del fondo , que también estaba cubierto de matorral . Coloque dos grandes piedras en lo que seria mi improvisado asiento. Me senté , mientras Laika insistía en seguir haciendo trabajar su nariz entre el barro, y no paraba de pensar en ese gran cochino. Si el animal rondaba esa zona, tendría que moverme rápido y prepararle una espera.
Con gran dificultad abrí una salida hasta otro claro. Desde allí podría entrar y salir sin asomarme al puesto y así mantener mi olor fuera del alcance del guarro. Marché con rapidez a casa . Dejé la perra y volví de nuevo al lugar. Coloque en el sitio una cámara fotográfica que se dispararía al paso del cochino .Necesitaba saber si, los rastros del cochino , se referían a un animal de gran porte. Dos días después, recuperé la cámara y pude comprobar , que mi objetivo era tan serio como había imaginado.

Más entusiasmado que de costumbre, expuse la disposición de la zona a dos arqueros de gran experiencia para contrastar mi estrategia. Coincidían conmigo en que, el tamaño del jabalí hacía suponer que, se trataba de un viejo macho, listo y astuto . Aunque nuevamente entró a la baña después de haber entrado yo, eso no indicaba que pudiera ser una pieza fácil.

Tres o cuatro días después me coloqué, esperando la entrada del marrano. El viento picaba bien . Había nevado días atrás y, hacia bastante frío. Caía la tarde, y con la marcha del sol cambió el aire con lo que delataba mi posición. Recogí rápidamente la mochila y volví a casa.
A la semana siguiente hice un segundo intento, bien pertrechado contra el frío y preparado para una larga y silenciosa espera. Mantenía en la memoria la configuración del puesto. Toda la semana me rondó en la cabeza la fotografía del cochino. Tal vez estuvo allí solo de paso, o tal vez permaneció por la zona solo unos días. Quizás se trataba de un galán siguiendo a su novia , y cumplidos sus menesteres reproductivos retornó a otros lugares.
Empezó pronto a helar aquella tarde, brillando el barrizal al congelarse. Por suerte , el viento cesó. El sol penetraba entre la escasa cubierta de los árboles y dejaban ver con claridad las andanzas recientes de mi adversario durante la noche anterior . Esto me hizo recuperar la esperanza y aumento mi entusiasmo.
Algunas horas después , vi entrar al cochino. Le vi llegar aunque no le escuché tronchar el hielo ni pisar rama alguna . Era sin duda el protagonista de mis fotos. Visto tan cerca, los colmillos parecían sables, sorprende ver el vapor de su respiración tan cerca ,tan encima de mi . El jabalí entró confiado en el claro, removía el barro con el morro y daba pasos cortos. Esperé a que permaneciera quieto , seguro de no ser visto y tomando mil precauciones para no hacer ningún ruido . Algunos minutos después se cuarteo mostrándome los jamones, era el momento esperado . Intenté dispararle buscando la pata delantera con un tiro cruzado ,que es mortal si tienes fortuna en hacerlo bien , evitando así los huesos de las costillas y la masa muscular de los jamones . Yo estaba un poco alto por lo que corregí el tiro . Tensé el arco e hice lo que en aquel momento me pareció una buena suelta . Quieto como una estatua, retuve en mi cabeza cada circunstancia que después ocurrió. El animal escapó por su salida natural, gruñendo y desapareciendo de mi vista . Esta vez si que escuche su partida e intenté recordar cada rama que rompía en su escape .
Y estos fueron los acontecimientos , tal y como los recordaba mientras seguía buscando alguna pista que me arrojase luz en mi ánimo de no desistir. No detecté sangre. Si que localicé algunos pelos sobre el hielo que me parecieron fruto del corte de la punta de caza . Pista escasa, pues el pelo podía haberse desprendido al frotarse durante el baño del día anterior. Tal vez mi optimismo me hizo pensar que el pelo fue cortado y que no fue arrancado. Cuarenta metros más allá , saltando dos taludes , se perdía la pista a la entrada de un gran zarzal sin poder concretar por donde pudo haber entrado el cochino en su huida .
Decidí colocarle la correa larga a Laika y hacerle entrar en los zarzales como último recurso. Confiando en su trabajo lejos de mi vista, y sin saber si mi peligroso adversario permanecía allí acostado ,seguro de su infranqueable refugio . Poco después retorno el animal y tras verme volvió a entrar . Se movía rápidamente , los cuatro o cinco metros de correa se empezaron a tensar y temí que la perra se enredara entre los palos . Laika volvió a asomarse y moviendo la cabeza de abajo a arriba nuevamente entró con gran rapidez en el zarzal . La perra tenia apenas un año y yo fui incapaz de comprender que era lo que me quería decir. De todas formas agarre la hoz y me abrí camino siguiendo la correa hasta unos metros por delante de mí. Bajo unos helechos y cubierto de zarzas apareció el cuerpo del marrano. Buen porte, muy buena boca , el tiro casi perfecto , la muerte rápida , la flecha dentro hasta el emplumado , nada de sangre cerca de la herida. Más feliz que yo , Laika .

Alejandro Martín Santamaría “Tiojander”
|